¿Por qué nos cuesta construir bien?
Construir bien no debería ser un privilegio ni una tarea extraordinaria; debería ser la consecuencia natural de aplicar correctamente las normas, los procedimientos y los criterios técnicos que durante décadas han sido desarrollados precisamente para garantizar la seguridad y durabilidad de nuestras edificaciones. Sin embargo, en la práctica constructiva todavía resulta preocupante encontrar obras en las que se omiten controles elementales, particularmente en lo relacionado con la calidad del concreto.
La NSR 10, y especialmente su Título C (Concreto estructural) y el Título E (Casas de 1 y 2 pisos), establece criterios, requisitos y procedimientos que deben ser considerados desde la selección de los materiales hasta la elaboración, colocación, curado y control del concreto. Pero, ¿qué ocurre cuando la norma existe y no se consulta, cuando los procedimientos están definidos y no se aplican, o cuando se pretende construir confiando únicamente en la experiencia empírica? ¡Qué horror!
Tenemos a nuestra disposición las normas NTC, muchas de ellas concebidas específicamente para establecer métodos de ensayo, requisitos y procedimientos de control, pero permanecen allí, literalmente durmiendo, a la espera de que alguien decida abrirlas, estudiarlas y, sobre todo, aplicarlas.
Particularmente preocupante resulta que, en numerosas obras, se hable de la resistencia del concreto sin verificar adecuadamente las condiciones que determinan esa resistencia. Y no me refiero exclusivamente al ensayo de resistencia a la compresión; me refiero a todo aquello que ocurre antes de que una probeta llegue a una prensa hidráulica para ser ensayada. Si se excluye el control de calidad de los agregados, del agua y de la correcta forma de confeccionar el concreto, ¿con qué fundamento podemos esperar un comportamiento uniforme y confiable?
Resulta casi paradójico que un ensayo tan sencillo y económico como la determinación del módulo de finura de la arena pueda ser ignorado, cuando este parámetro proporciona información importante sobre la granulometría del agregado fino y permite anticipar aspectos relacionados con la trabajabilidad, la demanda de agua, la cantidad de pasta cementosa necesaria y, en consecuencia, el comportamiento esperado de la mezcla. ¡Qué pesar! Ni siquiera somos capaces, en algunas obras, de realizar este sencillo control y, posteriormente, cuando aparecen fisuras, bajas resistencias, segregación, porosidad o deterioro, buscamos culpables en el cemento, en el clima o en cualquier otro proceso, cuando el verdadero problema pudo haber comenzado mucho antes: en la omisión deliberada o negligente de controles básicos que las normas nos enseñan a realizar.
Y aquí debemos reconocer una particularidad casi paradójica del concreto: es noble y tolerante. Muchas veces, prácticamente «como lo hagas, te funciona»; pero esa aparente nobleza no significa que perdone indefinidamente nuestros errores. El concreto puede soportar deficiencias de dosificación, variaciones en los materiales, malas prácticas de colocación o curados deficientes durante cierto tiempo y, por ello, puede generar una peligrosa sensación de seguridad. Pero tarde o temprano pasa factura. La falta de curado, el empleo de materiales inadecuados, el exceso de agua, una mala compactación, una deficiente dosificación o la ausencia de controles pueden manifestarse posteriormente mediante fisuras, pérdida de resistencia, permeabilidad, carbonatación, corrosión del acero de refuerzo y disminución de la durabilidad.
Entonces aparecen las explicaciones: «fue el cemento», «fue el clima», «fue la arena», «fue un asentamiento diferencial del suelo», cuando quizás la respuesta estaba desde el principio en algo mucho más sencillo: no se hicieron las cosas conforme a las normas. En ese sentido, debemos agradecer a Dios y a la nobleza del concreto que muchas estructuras hayan soportado nuestras improvisaciones; pero no podemos convertir esa nobleza en una licencia para seguir construyendo sin control. ¡Así de simple!
Esta reflexión adquiere especial importancia en Valledupar, donde el crecimiento de la construcción es evidente y donde, además, se ha señalado históricamente la necesidad de revisar con especial atención las condiciones de amenaza sísmica de la región. Se ha hecho referencia a estudios realizados por INGEOMINAS en 2004, en los cuales, durante un período de observación de aproximadamente 60 días, se registraron numerosos movimientos telúricos, a través de sismógrafos portátiles, y se llamó la atención sobre la influencia que podría tener la proximidad de Valledupar a la Sierra Nevada de Santa Marta. Independientemente de la clasificación normativa vigente de la ciudad como zona de amenaza sísmica baja, esta realidad debería llevarnos a una conclusión elemental: una baja amenaza sísmica no significa ausencia de amenaza ni autoriza a construir deficientemente.
Mientras la ciudad crece, también aparecen procesos de urbanización informal y construcciones ejecutadas sin el debido acompañamiento profesional, sin control municipal, sin estudios suficientes y, en la mayoría de los casos, supremamente alejadas del estricto cumplimiento de la NSR 10. Por eso debemos preguntarnos: ¿tu vivienda posee la profundidad de desplante adecuada?, ¿la cimentación adoptada fue realmente la apropiada?, ¿las cuantías de acero cumplen los porcentajes normativos?, ¿el ladrillo o bloque utilizado posee la calidad requerida?, ¿los concretos fueron sometidos a ensayos de resistencia a la compresión?, ¿existen columnas y vigas de confinamiento conforme a las condiciones aplicables?, ¿contrataste a un profesional idóneo para el control y seguimiento de la construcción?, ¿estás realmente seguro de la calidad de los materiales que conforman tu vivienda?
Estas preguntas no buscan generar pánico alguno. Claro que no. Solo buscan generar conciencia.
La vivienda constituye, para la inmensa mayoría de las familias, el patrimonio más importante construido con el ahorro de muchos años de trabajo; por ello, no debería ser levantada bajo la lógica del «así se ha hecho siempre», del «eso aguanta» o del «nunca ha pasado nada». Las normas NSR 10 y NTC no fueron elaboradas para llenar estanterías o acuñar escritorios, sino para ser consultadas y aplicadas. ¡No hay de otra!
Los ensayos de laboratorio no son un lujo, sino herramientas para conocer aquello que no podemos determinar simplemente mirando una mezcla; y el control de calidad no debe aparecer cuando ya existen problemas, sino desde antes de colocar la primera piedra en el proyecto. Una simple fisura, que antes no estaba, puede ser una señal de que “algo anda mal” y merece ser investigado, aunque no toda fisura implique necesariamente un problema estructural.
Por eso, antes de culpar al cemento, al concreto, al clima o al tiempo, debemos preguntarnos si hicimos correctamente aquello que estaba bajo nuestro control. Construir bien no es imposible, ni necesariamente costoso: muchas veces comienza con algo tan sencillo como leer una norma, verificar un material, realizar un ensayo, respetar una dosificación, garantizar un adecuado curado y contar con un profesional competente.
La pregunta, entonces, no debería ser únicamente «¿por qué nos cuesta construir bien?», sino también: ¿por qué, teniendo las normas, los conocimientos y las herramientas disponibles, todavía insistimos en no utilizarlos?
Por: Alais Ángel Rojas Montero, Ingeniero Civil, Ph.D. (c) Dirección de Proyecto, M.Sc. Ensayos No Destructivos, Esp. Patología de la Construcción